En «Clasicos sin filtros», Mary Beard nos señala la sorpresa de la mayoría de la gente cuando descubren que la Atenas democrática del siglo V a. C. «rechazaba ampliamente las “elecciones libres y justas”, nuestra piedra angular del “poder del pueblo”, y prefería elegir a sus líderes al azar, mediante sorteo». Los argumentos para tal decisión eran que «las elecciones favorecían a la élite ilustrada y rica», educada en la persuasión de la retórica o «con suficiente dinero en efectivo para ser “generosos” con los votantes». A fuer de ser rigurosos, hay que decir que algunos cargos, como los estrategos, se designaban por votación.
Aunque no se conserva ninguno completo, si vamos al Museo del Ágora Antigua de Atenas podemos contemplar un fragmento del Kleroterion, la máquina de piedra usada por los griegos, ya en el siglo IV a. C., para tales sorteos. Incluso se muestran algunas de las placas de bronce (pinákia) con los nombres de aquellos ciudadanos.

Los argumentos de aquellos griegos no pueden resultarnos más actuales. La apelación al estímulo económico directo para convencer al electorado -véase la promesa de Trump de repartir 5.000 dólares como «dividendo» si ganan los republicanos- evidencia la vigencia de la pulsión del dinero y la persuasión.
Pero hay mucho más. El diagnóstico sobre la democracia no puede ser más actual. Veamos algunos ejemplos de pensadores contemporáneos.
Bernard Manin la describe como “democracia de audiencia” subrayando que “el electorado aparece, sobre todo, como una audiencia que responde a los términos que se le presentan en el escenario político”. Los votantes no fijamos la agenda pública, respondemos a los temas que otros ponen en escena. Ganan quienes controlan la comunicación.
Byung-Chul Han nos habla de la “infocracia”. Carecemos de un escenario común compartido porque los algoritmos nos sirven a cada uno una versión conveniente del mundo.

Y ya en la década de los 80, Charles Lindblom nos advertía de que el mercado toma prisionera a la política. Las reformas contra el capital conllevan asociadas un castigo automático en forma de desinversión o desempleo.
Si todo está ya prescrito, desde el poder económico y mediático, resulta tentador la vuelta al kleroterion. Por lo menos, el sorteo sería un procedimiento más honesto. Nadie sería seleccionado por destacar, por pagar o por figurar en puestos preeminentes, ni tampoco por rentabilizar su fama.
Sin embargo, el sorteo por sí mismo no es la solución al problema. Estando la agenda pública decidida de antemano por aquellos que controlan los algoritmos y los medios de comunicación, aquellos que resultaran elegidos por azar debatirían sobre una realidad ya cocinada y filtrada. Cambiarían los nombres en los cargos, pero no quienes dirigen la partida.
Más útil parece seguir a Rosanvallon y su concepto de “contrademocracia”. Para este autor, la contrademocracia no es algo contrario a la democracia, ni busca su destrucción; se refiere a las prácticas de control ciudadano que, en todo caso, requieren de una sociedad activa y vigilante.
Tres son las formas de ejercer esa contrademocracia. El poder de control: vigilancia y denuncia. El poder de obstrucción: frenar, bloquear o vetar aquellas decisiones contrarias al bien común. El poder del juicio: evaluación y rendición de cuentas. No obstante, el propio autor nos advierte del gran peligro que supone un ejercicio «impolítico» de esa contrademocracia: la ausencia de propuestas. Esa acción vigilante y de control debe ir acompañada de iniciativas constructivas y reflexivas. El no por el no, el provocar el mero resentimiento reactivo y la parálisis institucional, que no pocos hoy practican, desembocan en un mero populismo vacío que, paradójicamente, vuelve a beneficiar al poder real.
Ilustración: diseño del autor realizado con apoyo de IA generativa.