Hagamos un viaje en el tiempo hasta el año 1683. Batalla de Kahlenberg. Viena asediada por el ejército otomano de Kara Mustafá. El rey de Polonia, Juan III Sobieski , acude en ayuda de Viena y, finalmente, el 12 de septiembre de ese año, sus tropas ganan la batalla a las hordas musulmanas.
Como es lógico, Sobieski quiere comunicar al papa Inocencio XI el gran logro que tal victoria supone para el bando cristiano y, a falta de whatsapp y redes sociales, acude al medio del que se disponía en aquella época: una carta.
Quizás, vaya usted a saber, porque era un gran admirador de Julio César, Sobieski recuerda su lapidaria frase: “Veni, vidi, vicit” (Vine, vi, vencí), pero, estando el mensaje dirigido al papa, prefiere modificarla para encabezar de este modo su carta: «Venimus, vidimus, Deus vicit». O sea, «Vinimos, vimos, Dios venció».

La carta está documentada en el Museo del Palacio de Wilanów y, miren por donde, en un artículo publicado por el propio museo se indica que la frase del rey polaco no es demasiado original. Sobieski no puede reclamar el copyright.
Y es cierto. Así nos lo cuenta Luis de Ávila y Zúñiga, noble que acompañó a Carlos I y V de Alemania, en su crónica referida a la victoria lograda por éste en la batalla de Mühlberg, en 1547:
«Esta victoria tan grande el Emperador la atribuyó a Dios, como cosa dada por su mano; y así, dijo aquellas tres palabras de César, trocando la tercera como un príncipe cristiano debe hacer, reconociendo el bien que Dios le hace: «Veni, vedi, devs vincit». Es decir: «Vine, vi, Dios venció».
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tampoco tiene reparos a la hora de invocar a Dios como un potente aliado. Pero si en Sobieski y Carlos pudiéramos considerar que su fórmula tiene un alto componente de figura ritual y de agradecimiento al poder divino, al que atribuyen directamente el éxito en la batalla, lo que expresa Trump es algo de naturaleza bien distinta.
En su discurso del 20 de enero de 2025, después del fallido atentado de Butler, Trump dijo:
“I was saved by God to make America great again.”
Es decir: «Dios me salvó para hacer América grande otra vez.»
Aquí no hay una invocación a Dios reconociéndole su intervención directa en las batallas o tareas del presidente estadounidense. Lo que Trump señala es una intervención divina para garantizar la supervivencia de quien está llamado a una misión celestial.
Dios, que inmoló a su hijo para la salvación de la humanidad, se involucra personalmente para asegurar que siga con vida aquél, Donald Trump, elegido para “to make America great again”.
Lo de Carlos y Sobieski podría entenderse como una fórmula ritual de agradecimiento religioso. Trump, en cambio, invoca una teología de la providencia personal.
El Ojo de la Providencia que aparece en los billetes de dólar ya parece tener destinatario. Quizás de ahí la obsesión de Trump porque su efigie campe en un nuevo billete de 250 dólares, aunque eso signifique pisotear la legislación de su país.
Atentos a la derivada: ¿debiera la democracia cambiar un designio del propio Dios?