Retrocedamos en el tiempo. Siglo V de nuestra era. Convulsión en el catolicismo por culpa de las tesis de Pelagio, monje británico, que defendía la tesis de que el pecado original no se heredaba, que todas las personas nacían libres de cualquier tipo de mancha heredada.

Llevado el asunto la Roma, el papa Inocencio I condenó las tesis de Pelagio en el año 417 y, posteriormente, en el Concilio de Cartago, año 418, se ratificó esa condena señalándola como herejía. San Agustín de Hipona era el gran contrincante de Pelagio, defendiendo la doctrina de que el pecado original sí que se transmite a toda la humanidad.
Podemos imaginarnos a San Agustín, una vez conocida la postura de Roma, soltar su famosa frase: «Roma locuta, causa finita» (Roma habló, caso cerrado).
Ben, vale, parece que la frase literal no está confirmada, pero sintetiza su postura perfectamente y así pasó a la historia.
Pues bien, Isabel Díaz Ayuso, la inefable e incombustible presidenta de la Comunidad de Madrid, pareciera que quiso hacer un remedo del Padre de la Iglesia y, por no usar la cita de modo literal, la transformó en el castizo: «Está en venta. Chao pescao!».
Esto es, «Ayuso habló, se acabó la causa».
Creo que no es necesario señalar el contexto de la frase. Permítanme dar por conocido el asunto de la compra de ese ático de superlujo, con objeto de convertirlo en oficinas, pero que no podía usarse para oficinas.
Y, ya en este punto, invito a los lectores a fijarse bien en lo dicho por la política madrileña porque de otro modo corremos el riesgo de perdernos algo esencial. El detalle, nada sutil, de que Ayuso, a diferencia de Agustín, cierra el caso apelando únicamente a su propia persona, a ella misma.
Reparemos en que San Agustín da el caso por cerrado –causa finita– cuando, no él sino Roma –Roma locuta-, sentencian sobre el asunto en tela de juicio: la herejía de Pelagio. Solo en ese momento se atreve a decir que el asunto queda resuelto.
Por el contrario, la señora Ayuso no invoca ninguna autoridad externa para cerrar el caso. Ella es la autoridad máxima: «Está en venta. Chao pescao!».
Y esa misma falta de rendición de cuentas ante nadie es a que le permite, con idéntico desparpajo, despachar cualquier crítica que reciba: «Cuando te llaman fascista, sabes qué lo estás haciendo bien… estás en el lado bueno de la historia». Ni el ático ni la afrenta necesitan, para ella, más tribunal que el suyo propio.
Recomendaría a la presidenta Ayuso cambiar a San Agustín por el poeta romano Horacio quien, en su Ars Poetica, decía: «Adhuc sub iudice lis est» (La disputa aún está pendiente de juicio).
Ilustración: diseño del autor realizado con apoyo de IA generativa.