Septiembre. Inicio del nuevo curso académico. Llega temprano al aula. Se sienta en la primera bancada. En su cabeza, las expectativas de todo aquel que inicia su carrera universitaria. Poco a poco va llegando el resto de sus compañeros. Finalmente, aparece el Director del centro para saludar al alumnado que comienza su singladura.
Sorpresa. El Director saca un folio de su cartera y comienza a nombrar a todos los alumnos y alumnas, uno a uno. Pero algo raro se percibe, no los nombra por orden alfabético, ni por su número de expediente. El orden elegido parecería incluso aleatorio para alguien no informado, pero no es así.
El Director tiene muy claro el criterio escogido para ordenar a sus pupilos. El puesto que ocupen será aquel que se merezcan teniendo en cuenta, únicamente, el rango social y la riqueza de sus padres.
Lo anterior puede sonar a fabulación, pero estamos hablando del sistema que imperaba en las prestigiosas universidades de Harvard y Yale hasta finales del siglo XVIII.

Siglo XXI. Demos un vistazo al mundo. No se necesitan grandes dotes de observación para ver como en los titulares de prensa, en las noticias de radio y televisión, cada vez se cuelan más personajes alrededor del poder político. Su único mérito, como en el modelo Harvard-Yale de hace poco más de doscientos años, deviene de su rango social y de su riqueza, conformando el poder real de una democracia que parece agonizar. Multimillonarios. Verdaderos reyes. Dueños de los medios de comunicación de masas, de las redes sociales, de las grandes tecnológicas. Dictadores de opinión. Plutócratas. Musk, Bezos, Zuckerberg… y una pléyade de acólitos.
La ordenación por orden alfabético no tiene demasiada antigüedad en la historia de la humanidad. Como nos señala Edward Dolnick en su libro «La escritura de los dioses»: “la gran ventaja del orden alfabético -que pone todas las palabras en pie de igualdad- se consideró un profundo inconveniente. ¡Un plebeyo podía ir delante de un rey!”.
En esa obra, Dolnick nos narra la gran aventura de cómo se descifró la piedra de Rosetta y, por extensión, la escritura jeroglífica egipcia. Las andanzas de Thomas Young y Jean-François Champollion atraviesan un libro salpicado de anécdotas que consiguen que una historia compleja se lea con placer y pasión.
El fin de la democracia alfabética, la que iguala todas las palabras, puede que no esté tan lejos. Quizás no nos demos cuenta y nos ocurra como a aquel personaje de Hemingway en «Fiesta», a quien, cuando le preguntaron cómo se había arruinado, contestó aquello de: “De dos formas: poco a poco y de repente”.
Si es así, tal vez no quede otra que seguir el consejo que Dolnick recoge de un viejo tratado del año 2400 a.C. que aconseja como llevarse bien con el jefe: “Si eres invitado a la mesa de alguien más importante que tú, ríe cuando el ría. Eso complacerá su corazón y cuanto hagas le resultará aceptable”.
Permítanme aventurar que el flamante Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, leyó con aprovechamiento ese tratado.
Ilustración: diseño del autor realizado con apoyo de IA generativa.