Imagínense una animación clásica de Disney. Música de fondo. Pomposa. Exagerada. Creando una atmósfera a un paso del ridículo. Fanfarria.
Escena primera. Primer plano: el pato Donald.
Pero no vestido como siempre. No con su clásico estilo marinero. Porta el atavío de un cazador de postal colonial: salacot impecable, prismáticos relucientes, botas demasiado limpias para haber pisado barro. Y el rifle. Ah, el rifle. Desproporcionado. Ridículo. Más grande que él. Como si necesitara apoyarse en él para parecer algo que no es, pero que quisiera ser.

Todo en él es excesivo y fatuo. Todo en él es impostura. Engreimiento sin fundamento.
Se detiene. Otea. Entrecierra los ojos. Ajusta el enfoque. Respira hondo. Como quien imita aquello que ha visto hacer a otros mil veces.
Y entonces lo ve: El león.
Inmóvil. Soberano. Sin gesto. Sin esfuerzo. No necesita demostrar nada. No necesita parecer. Simplemente es.
El contraste es insoportable. Donald suda. Traga saliva. Se recoloca el sombrero que le queda grande. Le molesta. Le pesa. Todo le pesa. Incluso el papel que intenta interpretar.
Levanta el rifle. Pero no es por hambre. No es por necesidad. Ni siquiera es por vanidad. Es algo más turbio. Más incómodo. Más reconocible. Es la perfecta combinación de envidia y ambición desmedida.
No quiere su piel. No quiere su cabeza. No quiere el trofeo. Quiere otra cosa.
Quiere su lugar. Quiere la autoridad sin esfuerzo. Quiere la obediencia sin discusión. Quiere el aura que no se fabrica… pero que él cree poder comprar o imponer.
Aprieta el gatillo. Silencio. Fundido a negro.
Y entonces —solo entonces— entendemos que no era el pato Donald.
Era Donald Trump.
Y el león no era un león.
Era el Papa. León XIV.
Y todo deja de ser fábula.
Porque no estamos ante un intento de destruir una institución, ni siquiera de desafiarla. Eso sería demasiado directo, demasiado honesto.
De lo que se trata es de algo más burdo: ocuparla sin comprenderla, vestirla sin merecerla, utilizarla como escenario para una representación hueca y de pleno desvarío.
No derribar el poder espiritual, sino parasitarlo. No cuestionar su legitimidad, sino apropiarse de su prestigio. No elevarse hasta él, sino rebajarlo hasta que quepa en el personaje.
Como Iznogud, sí. El Gran Visir que quería ser el Califa en lugar del Califa. Pero sin chiste. Sin caricatura que permita reírnos tranquilos.
La película deja de ser una metáfora visual para convertirse en una lectura del poder: no destruirlo, sino apropiarse de su símbolo, de su autoridad, de su papel.
Ser califa en lugar del califa. Y, lo más inquietante de todo, actuar como si ya lo fuera.
The End. Acabó la función. Pero él sigue ahí.