“Nosotros, el pueblo”, escuchamos el eco de aquella historiaLa pérfida ansia de poder sin límites y la imposición de crueldad en su búsqueda no conocen fronteras y carecen de toda decencia humana

Filigrana decorativa

Un gorro azul con ojos y orejas de conejo. Un niño de cinco años. Una mochila diminuta. Y, sobre ella, la mano pétrea de un agente del ICE: la policía migratoria convertida, bajo Trump, en una versión de la Gestapo. Una mano que no solo detiene al niño: lo inmoviliza, lo reduce a objeto.

El niño es el hijo de Adrián Conejo Arias. Y es el padre quien, en nombre de ambos, se atreve a interponer recurso ante el Tribunal Federal del distrito oeste de Texas. Recurso con el que, en palabras del juez,  “no buscan nada más que un mínimo de debido proceso y el respeto al Estado de derecho”.

Diario de Pontevedra, 08/02/2026

El juez, Fred Biery, un nombre que quizá no recuerden los libros de historia, pero deberían, firma una modélica sentencia que es un aldabonazo. Y lo hace con una elegancia exquisita: recordándole a la administración trumpiana que ya en 1776 los colonos denunciaban a Jorge III por abusos que hoy suenan peligrosamente familiares.

Ahí están, uno tras otro, como un espejo que nadie quiere mirar:

  • “Ha enviado aquí enjambres de funcionarios para hostigar a nuestro pueblo”.
  • “Ha incitado insurrecciones internas entre nosotros”.
  • “Por acuartelar grandes cuerpos de tropas armadas entre nosotros”.
  • “Ha mantenido entre nosotros, en tiempos de paz, ejércitos permanentes sin el consentimiento de nuestras legislaturas”.

Biery no necesita subrayar nada. Solo deja caer, con una ironía que corta como fino estilete: “«Nosotros, el pueblo», estamos escuchando ecos de aquella historia”.

Y, cómo no, aparece la Cuarta Enmienda, esa “molesta incomodidad” que tanto irrita a quienes sueñan con un Estado sin frenos ni contrapesos. Esa cláusula que dice, cual martillo pilón, que nadie puede ser registrado o detenido sin causa probable. Que el poder tiene límites. Que la libertad no es un adorno.

“El derecho del pueblo a estar seguro en sus personas, domicilios, documentos y efectos, contra registros y detenciones irrazonables, no será violado, y no se emitirán órdenes sino con causa probable, apoyada por juramento o afirmación, y describiendo particularmente el lugar que deba ser registrado y las personas o cosas que hayan de ser incautadas”.

El recurso presentado por los Conejo es “The Great Writ” (“El Gran Recurso”), algo que no debe pasarnos inadvertida. En la tradición jurídica inglesa y estadounidense, el “Habeas Corpus se considera el recurso más importante para proteger la libertad individual, el último dique contra detenciones arbitrarias, la herramienta que obliga al Estado a justificar por qué encierra a alguien. Esa es la razón por la cual, desde el siglo XVII, al “Habeas Corpus” se le denomina así, “The Great Writ”.

Y sí: el juez ordena la liberación inmediata. Pero lo importante no es solo el resultado, sino el tono. El texto completo —que invito a leer en www.escoladeferrado.es— es un manifiesto judicial contra la crueldad burocrática del ejecutivo.

Biery escribe, negro sobre blanco, lo que muchos piensan y pocos se atreven a decir: “Para algunos entre nosotros, la pérfida ansia de poder sin límites y la imposición de crueldad en su búsqueda no conocen fronteras y carecen de toda decencia humana. Y el Estado de derecho les importa un comino”.

En una postdata a modo de latigazo moral, Biery añade la referencia dos versículos del Nuevo Testamento: Mateo 19:14 “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis”— y Juan 11:35 “Jesús lloró”—.

No hace falta ser creyente para entender el mensaje: cuando un Estado hace llorar a un niño, algo esencial se ha roto.

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Decoración final

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