Sí, en Davos, en ese Foro diseñado y financiado por los ultrarricos del planeta, por los dueños de las grandes multinacionales y los CEOs de los fondos de inversión más poderosos. Allí, todos ellos pudieron tomar su “ostraca” imaginaria y escribir en ella el nombre del condenado al ostracismo perpetuo: Zucman.
Zucman, economista francés y discípulo de Thomas Piketty, tuvo la desgraciada idea —la osadía— de defender un impuesto global para los ultrarricos: un tipo mínimo del 2% para quienes acumulan fortunas superiores a los 100 millones de euros. Un auténtico anatema en un lugar donde la mera mención de “impuestos” o “redistribución de la riqueza” provoca sarpullidos instantáneos.

Las razones de Zucman no pueden ser más claras: un impuesto que aumente la recaudación fiscal y, sobre todo, la justicia y la equidad. Un principio sencillo de entender: quien más posee, más debe aportar a la casa común.
Según el informe Resources for a Safe and Resilient Europe: The Case for Minimum Taxation of Ultra High Net Worth Individuals in the EU (European Tax Observatory, 2025), la aplicación de un impuesto mínimo del 2% sobre las grandes fortunas (superiores a 100 millones de euros) generaría en España una recaudación estimada de 5.200 millones de euros.
Una tasa que afectaría a no más de 500 personas en nuestro país, que tienen la “pequeña desgracia” de poseer una fortuna de más de 100 millones de euros.
Gracias a ese selecto grupo de compatriotas que, todos juntos, apenas llenarían un pequeño auditorio, podríamos permitirnos —en números redondos— alguno de estos modestos “lujos”:
-Incrementar en 100.000 el número de profesores de Educación Primaria. Ratios del siglo XXI, atención a la diversidad, inclusión, desdobles reales, refuerzos educativos…
-En Sanidad, contratar cerca de 60.000 médicos, incrementar en un 40% la plantilla actual, acabar con las listas de espera, dar tiempo para las consultas… una auténtica romería de batas blancas.
Pongan a funcionar su imaginación y calculen otros ejemplos a los que dedicar esos 5.200 millones. Les aseguro que dan para algo más que para salir de un «apurillo». No vale hacer caso a Trump y gastárselo todo en misiles.
Volvamos a Davos. Los que acuden allí saben perfectamente quién paga la fiesta. Una fiesta —“la bien pagá”— que les permite mantener una arquitectura fiscal generadora de desigualdad e injusticia. Las democracias, en genuflexión ante el poder de la riqueza.